Literatura

Una librería ducal en la universidad: la Biblioteca de Osuna en la Universidad de Sevilla

Los seis libros de Galatea

Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), una de las figuras centrales de la literatura universal, desarrolló una vida marcada por la inestabilidad económica y las experiencias vitales que nutrieron su obra: participó en la batalla de Lepanto, sufrió cautiverio en Argel y ejerció diversos oficios administrativos. Su prestigio actual contrasta con la escasa fortuna que gozó en vida, aunque su genio literario se manifestó en géneros diversos: novela, teatro y poesía. La Galatea (1585), su primera obra publicada, pertenece al género pastoril y anticipa la riqueza narrativa que alcanzaría después en Don Quijote de la Mancha.

La Galatea se inscribe en la tradición renacentista de la novela pastoril, heredera de modelos italianos y españoles. La obra presenta un mundo idealizado de pastores cultos que dialogan sobre amor, amistad y poesía, entrelazando historias sentimentales con composiciones líricas. Aunque Cervantes anunció una segunda parte que nunca llegó a escribir, el libro revela ya su talento para la caracterización, la ironía y la experimentación narrativa. En ella se advierte la transición entre el idealismo renacentista y la complejidad psicológica que caracterizará su obra madura.

La edición madrileña de 1784, fue impresa por Antonio de Sancha (1720-1790), considerado uno de los mejores impresores españoles del siglo XVIII. Desempeñó un papel decisivo en la recuperación y difusión de Cervantes en una época en que el Siglo de Oro era poco valorado. Su proyecto editorial buscaba ofrecer colecciones cuidadas y accesibles de los clásicos españoles, con criterios filológicos y estéticos rigurosos. Según se documenta, el impresor se propuso reunir las principales obras cervantinas en ediciones de formato cómodo y esmerada factura, reflejo de un empeño consciente por dignificar su lectura y estudio. El propio Antonio de Sancha expresó con claridad este propósito en una carta dirigida al conde de Floridablanca, donde señalaba: «El grande aprecio con que admiran las naciones cultas la obra del famoso Miguel de Cervantes, y el ver que jamás se ha hecho colección igual de todas ellas, me movió emprenderla en buena forma y en tamaño cómodo para el uso». Añadía que, tras haber presentado el Persiles y las Novelas ejemplares, continuaría con La Galatea, El viaje del Parnaso y culminaría con el Quijote, mostrando así un proyecto editorial coherente y cuidadosamente planificado. Estas palabras evidencian no solo su admiración por Cervantes, sino también la voluntad de ofrecer al público una colección sistemática, corregida y estéticamente cuidada de sus obras, que contribuyera a restaurar el prestigio del autor en el panorama literario español del siglo XVIII.


La edición de La Galatea de 1784 se distingue por su refinamiento tipográfico y artístico. El diseño de las doce ilustraciones fue encargado a José Antonio Ximeno, mientras que el grabado correspondió a destacados artistas como Joaquín Pro, Juan Moreno Tejada, Simón Brieva, Bartolomé Vázquez y José Joaquín Fábregat. Esta colaboración de dibujantes y grabadores evidencia la voluntad de Sancha de crear libros de alta calidad material, donde texto e imagen dialogaran armónicamente. 

Todos los grabados de La Galatea fueron “inventados y dibujados” por José Antonio Ximeno y Carrero que firmaba sus obras como “Josef Ximeno”.

El que acompaña a la página 254 de La Galatea representa visualmente uno de los momentos festivos narrados en el Libro III, concretamente las bodas del pastor Daranio.

La indicación que aparece en la parte superior, “TI, p. 254”, cumple una función editorial muy significativa: señala al encuadernador el lugar exacto donde debía insertarse la estampa dentro del volumen, inmediatamente después de dicha página. Este tipo de marcas era habitual en libros ilustrados del siglo XVIII, cuando las láminas se imprimían separadamente del texto tipográfico y se incorporaban durante el proceso de encuadernación.

“…Vueltos pues los desposados del templo con la misma compañía que habían llevado , llegaron a la plaza de la aldea, donde hallaron las mesas puestas, y adonde quiso Daranio hacer públicamente demostración de sus riquezas, haciendo a todo el pueblo un generoso y suntuoso convite. Estaba la plaza tan enramada, que una hermosa verde floresta parecia, entretexidas las ramas por cima de tal modo, que los agudos rayos del sol en todo aquel circuito no hallaban entrada para calentar el fresco suelo, que cubierto con muchas espadañas y con mucha diversidad de flores se mostraba. Alli pues con general contento de todos se solemnizó el generoso banquete al son de muchos pastoriles instrumentos, sin que diesen menos gusto que el que suelen dar las acordadas músicas que en los reales palacios se acostumbran; pero lo que más autorizó la fiesta, fue ver que en alzándose las mesas, en el mesmo lugar con mucha presteza hicieron un tablado…”

La escena grabada traduce en imágenes la celebración colectiva descrita por Cervantes. En ella aparece una plaza rústica transformada en espacio ceremonial mediante una estructura vegetal que recuerda a un emparrado o pérgola, cubierta de ramas y flores.

Bajo esta armazón natural se desarrolla el banquete nupcial: varios comensales se sientan alrededor de las mesas mientras criados sirven vino y alimentos, y al fondo un pequeño grupo de músicos interpreta instrumentos pastoriles. La imagen enfatiza la dimensión social de la fiesta, donde toda la comunidad participa del banquete ofrecido por Daranio como manifestación de generosidad y prosperidad.

Esta visualización refuerza además el carácter idealizado del mundo pastoril, característico de la novela bucólica del Siglo de Oro, donde el espacio rural se convierte en escenario de armonía, música y abundancia.

José Antonio Ximeno y Carrera, artista valenciano activo en la segunda mitad del siglo XVIII y vinculado a los círculos ilustrados de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, desarrolló una importante actividad como dibujante para ilustraciones calcográficas destinadas a ediciones literarias y científicas. Entre sus trabajos más conocidos se encuentran los dibujos para la edición académica del Don Quijote publicada por Joaquín Ibarra en 1780, uno de los grandes proyectos editoriales de la Ilustración española, así como colaboraciones en ediciones impresas por Antonio de Sancha y otros impresores madrileños de prestigio. Además de su trabajo como ilustrador, se le atribuye un papel relevante en la introducción y práctica temprana de nuevas técnicas calcográficas en España, especialmente la aguatinta, procedimiento que permitía obtener gradaciones tonales semejantes al dibujo a tinta y que ampliaba considerablemente los recursos expresivos del grabado.

El grabado de esta lámina fue realizado por Joaquín José Fabregat, uno de los grabadores españoles más destacados del periodo ilustrado. Formado inicialmente en Valencia y posteriormente activo en Madrid, Fabregat llegó a ocupar el cargo de grabador de cámara y mantuvo una estrecha relación con la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución clave para la profesionalización del grabado en España durante el siglo XVIII. 

Colaboró en las imprentas de Antonio Sancha y Joaquín Ibarra, las más importantes de Madrid, y en la valenciana de Benito Monfort. También participó en la edición de La conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta de Salustio obra cumbre de la tipografía española del siglo XVIII, aunque en ella tuvo una participación modesta: cuatro pequeñas reproducciones de objetos arqueológicos y tres cabeceras.

Fables choisies, mises en vers

La obra Fables choisies, mises en vers de Jean de La Fontaine constituye uno de los hitos fundamentales de la literatura francesa clásica y de la tradición moral europea. Jean de La Fontaine (1621-1695), nacido en Château-Thierry, fue un poeta francés del siglo XVII estrechamente vinculado a los ambientes cortesanos y literarios de su tiempo. Protegido por mecenas como Nicolas Fouquet y Madame de La Sablière, cultivó diversos géneros, aunque alcanzó celebridad por sus Fábulas, publicadas entre 1668 y 1694. Inspirado por Esopo, Fedro y la tradición oriental, La Fontaine creó composiciones en verso de gran refinamiento formal y penetración psicológica, que le valieron su ingreso en la Academia Francesa en 1684.

Las Fables choisies reúnen relatos breves protagonizados por animales que encarnan virtudes y defectos humanos. Bajo la apariencia de narraciones moralizantes, La Fontaine desarrolla una sutil crítica social y política, abordando temas como el poder, la ambición o la hipocresía. Su estilo combina variedad métrica, elegancia clásica y un tono irónico que permite múltiples niveles de lectura. Estas fábulas, dirigidas en apariencia a un público joven, encierran en realidad una reflexión compleja sobre la naturaleza humana y la sociedad del Antiguo Régimen.

La edición parisina publicada por Desaint & Sallant entre 1755 y 1759 en 4 volúmenes es una de las más notables del siglo XVIII por su extraordinaria riqueza iconográfica y calidad tipográfica. Se trata de una edición de lujo ilustrada con 276 grabados a página completa de gran factura artística, la mayoría basados en los dibujos de Jean-Baptiste Oudry, destacado pintor y diseñador del período rococó. Sus composiciones, de gran dinamismo y finura expresiva, fueron trasladadas al cobre por prestigiosos artistas del momento como L. Legrand, C.N. Cochin, J. Tardieu, etc., lo que dio lugar a un conjunto ilustrativo de excepcional coherencia y belleza. Esta edición no solo difunde el texto de La Fontaine, sino que lo convierte en un auténtico libro de arte, testimonio del gusto ilustrado y del alto nivel de la edición francesa del siglo XVIII.

La estampa que abre el Tomo I de la edición de lujo de las Fábulas de Jean de La Fontaine funciona como una imagen programática que introduce visualmente el universo moral y literario de la obra. Mediante una composición alegórica en la que confluyen animales, figuras humanas y elementos de carácter teatral, la imagen rinde homenaje al fabulista y anticipa el tipo de relatos que estructuran el libro.

La inscripción debajo de la calcografía describe con precisión el proceso colaborativo de producción de la imagen.

Jean-Baptiste Oudry fue el autor de la invención o diseño original; Nicolas Dupuis intervino en la fase de acabado mediante el trabajo al buril, reforzando la definición de los volúmenes y las líneas; y Charles-Nicolas Cochin hijo realizó el grabado al aguafuerte y supervisó la ejecución general de la serie, coordinando la traducción de los dibujos originales al lenguaje del grabado calcográfico.

La composición se organiza en torno a un busto de Jean de La Fontaine, situado sobre un pedestal que recuerda formalmente una fuente monumental. El poeta aparece coronado con una guirnalda vegetal, recurso iconográfico heredado de la tradición clásica que identifica a los autores consagrados y subraya su autoridad intelectual.

Dos monos descorren un amplio cortinaje que cubre parcialmente el busto, como si estuvieran revelando una estatua en una ceremonia pública. Este gesto introduce una clara dimensión teatral: la escena se presenta como una suerte de representación en la que los animales —protagonistas habituales de las fábulas— participan activamente en la revelación de su creador.

En la parte superior se sitúa un águila, ave asociada tradicionalmente a la elevación, la vigilancia y la autoridad. Su posición dominante sobre el conjunto refuerza el carácter eminente del poeta y sugiere la dimensión universal de su obra.

En la zona inferior se reúnen diversos animales característicos del universo fabulístico: un león, un lobo, un perro, una oveja y un buey. Todos parecen orientarse hacia el busto del autor, como si reconocieran simbólicamente a quien les dio voz literaria.

La presencia de estos animales funciona como síntesis visual del mundo narrativo de La Fontaine, donde cada especie encarna virtudes, defectos o comportamientos humanos.

A la derecha aparece una figura humana de carácter rústico, representada con rasgos corporales algo desproporcionados o contrahechos. Este personaje señala el busto del poeta, dirigiendo la mirada del espectador hacia el centro de la composición y actuando como mediador visual entre la escena alegórica y el público.

Su apariencia ligeramente grotesca puede interpretarse como una alusión al mundo humano imperfecto al que se dirigen las fábulas. En este sentido, el contraste entre la dignidad idealizada del busto de La Fontaine y la diversidad de figuras —animales simbólicos y personajes de carácter popular— refuerza el sentido moral de la obra, que se dirige precisamente a una sociedad llena de contradicciones y defectos.

El conjunto de la estampa puede entenderse, por tanto, como una alegoría del origen de las fábulas: los animales que protagonizan los relatos rinden homenaje al poeta que los convirtió en portadores de enseñanza moral.

El papel artístico de Jean-Baptiste Oudry es fundamental en esta obra, pues realizó todos los dibujos de la obra. Después del prefacio encontramos un retrato suyo a página completa.

Jean-Baptiste Oudry (París, 1686 – Beauvais, 1755) fue un pintor, grabador y diseñador de tapices del Rococó francés, reconocido especialmente por sus representaciones de animales, escenas de caza y composiciones decorativas.

Hijo del pintor y marchante Jacques Oudry, recibió su formación inicial en la Académie de Saint-Luc, donde su padre era director. Posteriormente se convirtió en discípulo del retratista Nicolas de Largillière, con quien perfeccionó su formación. Tras iniciar su carrera como retratista, ingresó en 1719 en la Real Academia de Pintura y Escultura, institución en la que más tarde ejercería también como profesor.

Con el tiempo desarrolló una notable especialización en la representación de animales y escenas de caza, lo que le permitió establecer vínculos con la corte de Luis XV, quien lo nombró pintor de las cacerías reales. Gracias a esta relación recibió numerosos encargos y dispuso de taller en las Tullerías y residencia en el Louvre.

Durante la década de 1730 desempeñó un papel fundamental en la renovación de la manufactura de tapices de Beauvais, y en 1736 fue nombrado inspector de la manufactura de los Gobelinos, donde sus diseños se utilizaron ampliamente en la producción de tapicerías.

Aunque su fama se debe principalmente a la pintura y al diseño textil, Oudry produjo también numerosos dibujos y estudios de animales, caracterizados por una observación naturalista muy precisa.

Los dibujos que sirven de base a las ilustraciones de esta edición no fueron concebidos inicialmente para el libro. Entre 1729 y 1734, mientras trabajaba en la manufactura de tapices de Beauvais, Jean-Baptiste Oudry realizó aproximadamente 275 dibujos inspirados en las Fábulas de La Fontaine, probablemente destinados a servir como modelos decorativos o cartones para tapicería. En 1751 el editor Jean-Louis Regnard de Montenault adquirió el conjunto de estos diseños con el propósito de publicar una edición ilustrada de gran lujo. Los dibujos fueron adaptados al grabado por Charles-Nicolas Cochin y traducidos a planchas calcográficas por un amplio grupo de grabadores, dando lugar a la monumental edición publicada en cuatro volúmenes entre 1755 y 1759.